La campaña internacional resultó increíblemente exitosa.
Voces, tanto a nivel nacional como allende las fronteras de la isla, fueron escuchadas y, ¡por fin!, el vecindario de la humilde barriada vio cumplido su más anhelado sueño: La libertad de la más preciada alcantarilla.
El hedor, llegado a un punto, se convirtió en el mayor obstáculo para la convivencia; enfermedades pernoctaban en cada lecho, los roedores exigían manutención a cada núcleo familiar… ¡y todo por la enorme cantidad de desperdicios acumulados en la alcantarilla, otrora eficaz desagüe!
— Si el gobierno no hace caso, hagamos una campaña internacional —propuso «El soldadito» Ramos (No confundir con Miguel Ángel «El soldadito» Díaz, ex campeón de boxeo), ser humano acostumbrado a imponer su voluntad—. Ustedes van a hacer lo que yo digo.
Y «#SOSALCANTARILLA» invadió, de manera eficaz, las redes sociales.
El problema de la alcantarilla llegó a las máximas autoridades internacionales: Embajadores de la ONU se hicieron eco de la grave situación; Amnistía Internacional, a través de su Departamento de Limpieza Democrática de Alcantarillas Secuestradas por Regímenes Totalitarios, exigió una inmediata solución y la Unión Europea otorgó el Premio Libre de Desperdicio, incluye una dotación económica de cincuenta mil euros, para estimular acciones inmediatas.
Fueron meses de limpieza, semanas de encomiable labor, días de arduo trabajo, pero los esfuerzos no fueron en vanos: Paulatinamente la alcantarilla secuestrada recuperó funciones y la limpieza regresó al vecindario.
Para festejar el triunfo, ¡ROTUNDO!, se convocó a la prensa.
— ¿Para qué? —preguntó «El soldadito» Ramos—. Los periodistas que hagan su trabajo, pero después. Ahora la alcantarilla lo que necesita es descansar. Fueron meses de mucho estrés. La prensa que espere la convocatoria nuestra para…
Oídos sordos; la prensa no podía dejar pasar tan excelsa circunstancia.
— ¡Qué hable la alcantarilla!
Cámaras, luces, teléfonos celulares…
— ¿Cómo se siente usted después de su liberación?
— Eso pregúnteselo a ellos —contestó la alcantarilla con normal arrogancia —. Yo no pedí que hicieran nada.